¡Cuántas veces habrán oído la expresión de higos a brevas!, similar a esa otra de Pascuas a ramos y que pueden traducirse como algo que sucede ocasionalmente, de año en año. No es el caso de la maduración de esta fruta que en sus dos versiones marca el inicio y el final del verano.
Los higos ya formaban parte básica de la dieta de los antiguos habitantes de las Islas, tal y como atestiguan los restos encontrados en diferentes yacimientos, evidenciando su consumo habitual a partir de los análisis de la dentición de restos humanos, en algunos casos datándose la antigüedad de las semillas en hasta 1.500 años.
Hay algunas investigaciones que no dudan en considerar la higuera como el primer frutal de Canarias, apoyándose en las evidencias arqueológicas y en las fuentes etnohistóricas, subrayando su importancia en la alimentación de los aborígenes, quienes además de comerlos en fresco también los recolectaban, secaban y además almacenaban para su consumo en invierno, lo que conocemos como higos pasados. Tras la conquista y durante el proceso de colonización continuaron siendo esenciales como producto de subsistencia para la población del Archipiélago.
Dado su carácter rústico, este frutal se extendió rápidamente por el territorio insular y se integró fácilmente en el paisaje rural, de manera que era habitual encontrarlo en nateros, enarenados y malpaíses, debido a su capacidad para aprovechar los escasos recursos hídricos, además de que resultaba una práctica muy común plantarlo en los bordes de los terrenos de cultivo. Ahora se intenta recuperar en islas como El Hierro, donde siempre tuvo una importante implantación.
De su valor para aquella antigua sociedad habla el hecho de que era frecuente registrar las higueras como parte de los testamentos, representando un motivo de disputa y distinción en el reparto de terrenos, una relevancia que también se traduce en la abundancia de topónimos que guardan relación con este frutal. Por los documentos conocemos los nombres de algunas variedades como los casos de bicariño, blanco, brevera, de a libra, gomero o herreño, negro…
Pero, ¿qué diferencia a las brevas de los higos? Las brevas maduran durante los meses previos al verano, contienen una mayor cantidad de agua y se recolectan entre junio y julio, mientras los higos aparecen al final de la estación y presentan un interior dulce y jugoso.
Frente a otras variedades frutales, las higueras necesitan poca agua, una condición sustancial para potenciar su cultivo a nivel comercial, tanto por lo que supone para la recuperación de terrenos abandonados como también para la producción comercial de fruta de calidad con alto valor añadido.
Los higos son una delicia veraniega, frutos muy delicados que no toleran bien la excesiva manipulación ni tampoco soportan muchos días de conservación; perfectos para consumir solos, también en forma de mermelada (como complemento de un queso palmero asado o unas chuletas de cochino con zumo de naranja y nueces), en ensaladas (junto a un queso de cabra y nueces o también pistachos), como relleno de una pechuga de pollo o caramelizado en tostas con carpaccio de ternera y queso. Y en postres, desde una cuajada, también en almíbar sobre mousse de queso, en una tarta de yogur, en un quesillo con higos secos, como dulce o flan…
¡Y a soñar despierto bajo la sombra de una higuera!
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