¿POR QUÉ EL DRAGO SE LLAMA DRAGO?
Imagina que estamos en el año 1767, una época en la que Europa sentía una obsesión casi febril por poner orden en el caos del mundo natural.
En medio de esta carrera por clasificar cada rincón del planeta surge Domenico Vandelli, un naturalista italiano nacido en Padua que poseía una mente brillante y una curiosidad inagotable.
Vandelli se sentía profundamente fascinado por los relatos que llegaban sobre la flora de las islas de la Macaronesia, y cuando finalmente pudo analizar a ese gigante vegetal de troncos retorcidos que se ramifican como las cabezas de una criatura mitológica, comprendió de inmediato que necesitaba un nombre que estuviera a la altura de su majestuosidad.
Inspirándose en el término griego drakaina, que se traduce como hembra de dragón, Vandelli propuso el nombre para el género que hoy conocemos.
En ese mismo año el célebre científico sueco Carlos Linneo aceptó la propuesta de su colega italiano y la incluyó en sus famosas clasificaciones universales. Fue así como nació oficialmente el género Dracaena y nuestra especie canaria quedó bautizada para la posteridad como Dracaena draco. Este gesto cambió la historia de la botánica porque gracias al trabajo de Vandelli al otorgarle una identidad científica clara, cualquier explorador que desembarcó en Tenerife en los siglos posteriores supo exactamente lo que tenía ante sus ojos.
Alexander von Humboldt, por ejemplo, ya no veía simplemente un árbol gigante y extraño, sino un espécimen catalogado que podía ser estudiado y comparado con rigor científico en cualquier parte del mundo.
Sin embargo, mucho antes de que el botánico italiano le pusiera su flamante etiqueta en latín, los conquistadores y colonos españoles ya llevaban siglos conviviendo con este coloso y dejándose seducir por su aura de misterio. Desde el siglo 15 los españoles lo conocían sencillamente como Drago o Árbol del Drago debido a un secreto fascinante que guardaba bajo su corteza. Al herir el tronco de este árbol no brota una savia líquida y transparente como en la mayoría de las plantas, sino una resina densa y pegajosa de un color rojo vibrante.
Los castellanos, que conocían bien las leyendas clásicas sobre los jardines de las Hespérides donde un dragón custodiaba las manzanas de oro, bautizaron a este líquido como sangre de drago. Pronto se convirtió en un tesoro codiciado que los españoles exportaban a toda Europa para emplearlo en la medicina de la época, como tinte o para fabricar barnices de lujo.
De esta manera, mientras Vandelli le dio su lugar definitivo en los libros de ciencia, fueron los primeros españoles quienes, cautivados por su magia, le otorgaron ese nombre de leyenda que sigue vivo en nuestro lenguaje actual.
Carlos Cologan Soriano
Crónica 47 de Tenerife