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En la Cruz del Carmen, detrás de la ermita, una Virgen blanca ve pasar los días. Nadie sabe muy bien quién la esculpió ni qué manos la dejaron allí. Es poca cosa para los historiadores. Para las historias, es un comienzo.

Imaginemos, pues, a un hombre que subía de La Laguna una tarde en que la niebla había borrado los caminos. Había vendido su queso, comprado harina y, para su hija, una cinta azul que llevaba a resguardo de la humedad, junto al pecho. De pronto oyó una piedra caer al vacío, muy cerca de él, y se detuvo.

Fue entonces cuando vio a una mujer, unos pasos más arriba. Distinguió su ropa clara, una mano tendida hacia el sendero. La siguió sin conseguir alcanzarla. Al doblar un recodo, sonó la campana de la ermita; la mujer había desaparecido.

Llegó tarde a casa. Su hija dormía. Dejó la cinta junto a su almohada y no contó nada.

Durante las semanas siguientes, lo vieron trabajar en un cobertizo, después de sus jornadas en el monte. No era escultor. Volvía a hacer las manos, sobre todo las manos, de las que parecía guardar un recuerdo más preciso que del rostro. Luego, una mañana, apareció una estatua blanca junto a la ermita. El hombre siguió pasando ante ella con su carga y su sombrero gastado. No pidió nada, ni siquiera que se recordara su nombre.

Esto es lo que podríamos contarles a los visitantes. Acabo de inventármelo, por supuesto. Pero la próxima vez que la niebla los sorprenda en la Cruz del Carmen, quizá se queden mirando esa mano blanca un poco más.




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